viernes, agosto 29, 2008

El dolor de una madre


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Hoy te tendría a mi lado, cual ángel correteando a mí alrededor. Quise retener el tiempo en el viejo reloj. Repetirme que no podía ser cierto, la pena que llevo dentro.


No tan solo recuerdo ese día de tu partida. Tu luz brilla y late por ti en mi pecho siempre. Cuanto vagué por la casa vacía… sin tu risa. No quise salir de aquella habitación adornada para ti. Tu ropa aún en el armario tu olor permanecía. Cuantas lágrimas brotaron de mis ojos al acordarme de ti.


Si el destino lo hubiera decidido de otra manera si no hubieras estado allí, quizá me hubiera tocado a mí. Pero todos nacemos con nuestro sino al nacer. Y quiso un ángel recogerte antes que a mí. Que pronto pasan los días, los meses, los años desde que partiste hacia una inmensa luz.


Pero la desolación con tristeza no es pan tierno de catar. Mi corazón como la nieve se endureció cual témpano helado; difícil de deshacer.


Hija, hijo de mi vida, ¿porqué no a mí? Con el tiempo entendí que Dios necesitaba un ángel. Y que allí eres feliz. Rogué tanto, mis lágrimas eran manantiales de descargas que me hundían más en la soledad. La ley de la vida es que los hijos entierren a sus padres y no procede que esto sea al revés.


Que no me explique nadie, ni quieran saber, donde estuve, que fuerzas me arrastraron, para estar a tu lado. Cuando me avisaron, cuando te encontré tendido delante del ordenador justo para decirme adiós, como el destino como perro rabioso te llevó a marchar ha trabajar sin que ese día te tocara a ti. El compañero que le tocaba se durmió y fuiste tú el que partiste. Como la Virgen María delante de la cruz llena de dolor. Vio a su hijo crucificado. Inmune, fría te observaba, hasta que mis gritos se dispararon en el silencio. Y quedé abatida y me dormí. Mi cuerpo al igual que un muñeco de trapo; quedó estirado por el dolor.


Y de pronto un escalofrío rodeo todo mi cuerpo y una luz inmensa cegó mis ojos. Y escuché tu voz. La música celestial mis oídos se abrieron. Y multitud de ángeles te llevaban en sus manos. "Debes ser feliz. Mamá, yo ya soy feliz". "No llores más por mí, desde el cielo yo velaré por ti". "Ahora ya es el tiempo de dejarme ir". "Quiero ser ángel y que mis alas me den libertad y mi farol se encienda". "No sufras más madre mía". "Mami; siempre estaré cerca de ti, debo evolucionar para volver pronto aquí".


Reflexión: esto es algo que me a costado mucho escribir llevo varios días para escribirlo en el papel y luego dejarlo reflejado aquí. Está dedicado con todo mi amor a mis tías por la perdida de sus hijos. Por parte materna y otro por parte paterna los dos jóvenes. Y para alguien muy especial para mí, que cuando lo lea sabrá para quien va y a todas las madres que han perdido hijas e hijos. Una vez oí unas palabras que me llegaron y me llenaron de consuelo. Esto jamás podrá olvidarse pero habrá otras situaciones en la vida que no mitigarán ese dolor pero día a día encuentran consuelo. Bodas de los hijos, nietos que han de venir, bautizos en la familia. “Que nunca te hacen olvidar lo que pasó”. Pero hacen el dolor más llevadero. Un beso os quiere Lilly.














1 Comment:

Evita Perona said...

Un dolor inigualable... una herida que jamás cicatriza del todo... un recuerdo perenne y presente en cada inspiración y expiración... de por vida...

No es posible ponerse en la piel de una persona que ha perdido a un hijo.. ya sea en la infancia, la juventud o la madurez... pero sí es posible conocer su dolor cuando lo vives tan de cerca... y es alguien a quien amas profundamente... te hace sentir su dolor como tuyo...

Muy emotivo. Un beso,

 
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